La presión ciudadana iniciada por los estudiantes universitarios se tomó las calles de las diferentes ciudades del país. El reclamo era claro: queríamos un #AcuerdoYA que permitiera salir de la incertidumbre política, social y económica en la cual estuvo sumido el país tras el plebiscito que dividió a los colombianos el 2 de octubre.

Varios comentarios surgen alrededor de este tema y me propongo compartir algunos.
Los principios: este tipo de movilizaciones no le pertenecen a ningún político. Son un reclamo ciudadano genuino, espontáneo, alejado de los partidos y nacido de la reivindicación más bonita de todas: la exigencia de cesar el conflicto armado y comenzar la construcción colectiva de eso que llamamos ‘paz estable y duradera’.

En esa vía habría que decir que al menos dos son los principios rectores de estas movilizaciones: 1) que no pertenecen a ningún partido sino a la ciudadanía en general –los que votamos sí, los que votaron no y los que no votaron, y 2) que no hablamos nunca en negativo. Esta no es una movilización contra alguien sino a favor de algo, es decir, es una activación por la paz, a secas y sin apellidos.

Lo que nos agrupa: cuando hay una división tan grande, urge buscar consensos lo antes posible. Creo que hoy tres temas son los que pueden juntar a la amplia mayoría de colombianos, 1) que se llegue a un Acuerdo lo antes posible entre el Gobierno y las FARC y ojalá también con el ELN, 2) que se mantenga el cese bilateral hasta que se logre ese Acuerdo y 3) que las víctimas estén en el centro de la discusión y bajo esa línea se suplan los derechos de verdad, justicia, reparación y haya garantías de no repetición. Nadie en sus cabales podría oponerse a esas tres cosas.

Constancia: estamos viviendo la primavera ‘criolla’. Normalmente le decimos a cualquier suceso que es histórico, pero creo que nunca antes ese adjetivo habría sido más pertinente. En Colombia estamos viviendo una coyuntura única que requiere una sociedad civil fuerte, que saque pecho y ejerza la ciudadanía mediante la movilización social y la participación. No podemos parar, hay que seguir generando presión sana y exigir que termine la guerra formalmente.

Los jóvenes: somos nosotros los que hoy tenemos que enarbolar más que nunca la bandera de la paz. En anteriores ocasiones he sostenido que somos la generación de la paz. Creímos que el 2 de octubre comenzaría nuestra época, pero nos equivocamos, tocó esperar un poco más y empoderarnos. Somos nosotros los que tenemos que defender la idea de país que queremos tener: uno donde no se mate por la ideología política y donde el presidente sea puesto no por la propuesta para acabar con las FARC –como en los últimos 20 años-, sino por cómo erradicar la pobreza extrema, atacar las desigualdades sociales, debatir el modelo económico, educativo, ambiental, etc. En esa medida nuestro papel como jóvenes se resume en dos cosas básicamente, 1) liderar la movilización social y 2) territorializar la paz a punta de pedagogía y acciones que contribuyan al desarrollo de nuestro entorno.
Somos nosotros los que tendremos que liderar el progreso de Ituango, Bojayá, Toribío y todas las zonas donde la guerra no ha dejado construir Estado. No nos podemos equivocar, el protagonismo de este momento debe radicar en nuestra generación y en las víctimas.

Estamos viviendo el momento más importante de nuestra vida. La indiferencia no puede ser una opción. El país nos está llamando y hay que contestarle. Es ahora o nunca. Hay que llevar la Paz a la Calle.